lunes 8 de febrero de 2010

Iba a hablar de otra cosa, pero Lost...

Siempre digo que, por su propia naturaleza, la calidad de un blog supone un esfuerzo colectivo. Frente a tantas bitácoras donde predomina el insulto, las delicadas, detalladas y profundas respuestas a la entrada anterior nos han hecho subir un escalón. ¡Qué nivel! En el fondo de esos comentarios surgía un tema muy sugerente, que me ha hecho reflexionar: ¿Acaso son los dramas más profundos? ¿Por qué habitualmente nos lo parece?

Pero antes de entrar en materia no quiero dejar de comentar -aunque sea un poquito- mis impresiones sobre el estreno de la sexta temporada de Lost.
(Spoilers a partir de aquí)

Fui remolón para ver el capítulo doble y, para ser honestos, me dejó una sensación rara. Los que siguen este blog saben que me pasa mucho con Perdidos: me divierte y me enfada. Como siempre, el piloto tuvo varias cosas muy buenas y algunas flojitas, flojitas.

Las buenas: ese travelling larguísimo -prodigio de producción- hasta llegar a la isla sumergida, la tensión narrativa, los sutiles detalles dramáticos en el avión y, sobre todo, el feliz hallazgo de una nueva estructura, clásica en la ciencia ficción. Me gustó mucho que, tras los flashbacks y los flashforwards, ahora apostaran por la novedad de una realidad alternativa tras un incidente trágico (la explosión causada por Juliet). Las posibilidades que abre este giro son muchas y excitantes, sobre todo por las conexiones entre los supervivientes de la isla y el mundo paralelo de Los Angeles. Y, como es típico, con elementos bisagra entre ambos sucesos, como el ataúd o el "desaparecido" Desmond (que ya fue capaz de viajar en el tiempo, como se puede ver en la cita audiovisual de acá a la derecha, por cierto, cuando las constantes aún eran constantes...).

Fue un episodio interesante, con muchos buenos detalles. Pero, como siempre pasa en Lost, sus virtudes pueden convertirse también en sus mayores lastres. Porque es una serie que, básicamente, siempre está abriendo nuevas posibilidades.

Y así llegamos a lo que menos me gustó de "LA X":

Me revolví cuando vi a Juliet viva. ¡Hombre, hombre, que aquello no era un simple petardo, leñe...! Pero, bueno, al final muere. Vaaale.

Que Locke no sea Locke, me lo trago también; entra en el pacto de lectura. !Pero eso de que se convierta en humo negro, ejem, ni que esto fuera Supernatural! ¿O sí?

¿Aquello es una isla o un continente? ¿Cómo es posible que aún existan territorios inexplorados y tanta gente pululando por allí? Los del templo "japonés" son la cuarta tanda de "otros" que habitan la isla. ¿De verdad cabe tanta gente ahí, amigos? Desde luego, el concepto de isla desierta ha reventado. Por lo de desierta, digo...

Desde el maquillaje al vestuario, los habitantes de ese misterioso templo donde conducen al (de repente trascendental) Sayid les han quedado un poco de cómic, la verdad. No podía dejar de recordar Indiana Jones y el templo maldito cada vez que aparecían.

La resurrección de Sayid fue un golpe de efecto indudable. Pero con su deriva hacia la ciencia ficción y el cine fantástico (e, incluso, religioso), voy asumiendo que en Lost todo vale y que no necesito ningún porqué. Así que no me sorprendió que un muerto se levantara. ¡Quia!

Ése es el gran problema, ¿cómo asombras a un público que ya espera tu sorpresa?

jueves 4 de febrero de 2010

El final de Six Feet Under

Hace un par de meses, a raíz de la entrada dedicada a los mejores finales de temporada, anuncié que empezaría una etiqueta destinada a analizar el cierre de algunas de las series más importantes de los últimos años (The Wire, The Shield, The Sopranos, BSG, The West Wing o Lost, cuando llegue...).

A dos metros bajo tierra me parece una serie importante, sobre todo por su trascendencia extratextual: fue de las pioneras en lograr un reconocimiento crítico masivo para la televisión. Admito su excelencia, por supuesto, pero jamás la incluiría en mi podio dada su irregularidad: las temporadas 3 y 4 (e, incluso, parte de la quinta) son enloquecidas, pedantes, repetitivas y melodramáticas en exceso. Como una panda de pijos mentales que han leído a Kierkegaard y se quejan, ay, de que todos nos vamos a morir. O sea: como una telenovela... filmada en calidad de cine, eso sí.

En todo caso, la mayor virtud de la serie fue el de atreverse a domesticar la muerte. El telón de fondo de la funeraria de los Fisher le servía a Alan Ball para establecer un discurso diferente en torno a las emociones humanas. El "original" ambiente servía tanto para inteligentes momentos de humor negro (mis favoritos) como para reflexiones casi metafísicas sobre la finitud de la vida, la necesidad del otro o el ansia de trascendencia. Y ahí llegó donde pocas series lo han hecho. Reflejando complejidad, contradicción, amor, dolor, egoísmo, paternidad, entrega, soledad, ternura... en fin, esa cosa tan extraña que hemos convenido en llamar vida.

La parte final de Six Feet Under recuperó -aunque desde una perspectiva más oscura y deprimente- la fuerza de las estupendas dos primeras entregas. El último capítulo llevó el título de "Everyone's Waiting" (5.12.). Desde la secuencia inicial había una declaración de principios que subvertía la estructura habitual: la muerte, por fin, dejaba paso a la vida:



El nacimiento de Willa abría una hora de televisión altamente emocional, donde todos los personajes daban el paso que les faltaba para la libertad. Claire encuentra un trabajo en Nueva York y recupera la mirada pura con Ted; Brenda descubre todo su instinto maternal, alejada de la suicida jerga psicoanalítica de los Chenowitz; la destrozada Ruth decide por fin pensar en sí misma, aliviada al saber que su hijo murió feliz; Maggie posiblemente esté embarazada de Nate; Rico se emancipa de la alargada sombra de los Fisher; y David consigue levantar una nueva familia, alejado de la represión que se había autoimpuesto y superando los miedos que le atenazaban (era él mismo quien se escondía tras la capucha roja).



No es casualidad que todos decidan cerrar con un brindis por el difunto Nate, un personaje vitalista, complicado, autodestructivo y dependiente que, sin embargo, actúa como catalizador para el resto del reparto. Su muerte rompe el insano equilibrio. Insufla vida. Paz. Como si fuera un sacrificio, una forma de liberación. Por eso tampoco es coincidencia que el espacio donde se ha desarrollado la serie, el nexo de unión entre todos los personajes, la casa-funeraria, sea virtualmente "demolida" al final: Ruth y Claire se mudan, Rico la abandona, Brenda la olvida y David la remodela, tornándola irreconocible (el personaje de Kathy Bates, siempre sarcástico, afirma que es una cocina "cien por cien gay"). La casa se convierte así en un nuevo hogar, sin huella, preparada para un tipo muy diferente de familia. Sin el yugo del pasado.

Es un final que me gusta porque intenta atar todos los cabos sin renunciar al realismo mágico y al onirismo que habían marcado como estilo. Nate era el último eslabón. Ahora hay que pasar página y ahuyentar los fantasmas, se dicen los personajes. En ese sentido, el manejo del sentimiento es delicado y acertado y el guión lo refleja con sutilidad. Es un final que cierra, lo que no es tan fácil. Sin embargo, tengo mis reservas hacia estos últimos minutos:



A pesar de la belleza de la canción "Breathe Me", de Sia, de la sugestiva metáfora del coche que se aleja y se mueve hacia el futuro, la realización me pareció tan chusquera que cortocircuita la emoción. Sí, sí, lo digo por el maquillaje de todos los personajes avejentados. Ejercer ahí la virtud de la elipsis les habría venido de perlas... porque quizá no era necesario mostrarlo todo para saber que los Fisher "murieron felices y comieron perdices".

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Cortesías (The Arcade Magazine y Misfits)

lunes 1 de febrero de 2010

Apariciones turbadoras

Aunque soy católico practicante, tengo muchos reparos intelectuales en torno a los exorcismos. Intuyo que el demonio, puestos a hacer el mal, tiene herramientas mucho más sutiles y dañinas que las de andar metiéndose en cuerpos para insultar en sánscrito; solo hay que asomarse a cualquier telediario para certificar el "esplendor" de su obra sin necesidad de efectos especiales...
Dudas teológicas aparte, no recuerdo una historia diabólica tan potente desde que William Friedkin reivindicará el terror como un género de masas en su clásico de los setenta.

Apparitions fue emitida la temporada pasada por la BBC, con un éxito discreto. La trama es simple: el padre Jacob -un sacerdote que evalúa los milagros en las causas de los santos- queda atrapado en una sangrienta batalla entre el Bien y el Mal, en la que se ve obligado a practicar exorcismos.



Creada por Joe Ahearne (responsable de la serie de culto, Ultraviolet, de la que hablaré en breve, y de algunos capítulos del Dr. Who), Apparitions es una serie turbadora, donde la imaginería asociada a estas prácticas conduce al espectador a un espacio de profundo desasosiego: ojos que lloran sangre, levitaciones, lenguas extrañas, rituales terroríficos, trances... Escenas -visualmente descarnadas muchas de ellas- que golpean al espectador e intentan transmitirle la cercanía del mal. Porque el mal, en Apparitions, tiene rostro. Y está preparando sus ejércitos.
Efectiva y efectista (especialmente el 1.1., con la madre Teresa de Calcuta como gancho y una brutal escena en una sauna), la serie dividió a la crítica. Lógico con este tipo de productos tan arriesgados ideológicamente. Desde el Telegraph le zurraban hasta en el carné de identidad, mientras que el Times, además de destacar la soberbia interpretación de Martin Shaw, aplaudía la fuerza sobrecogedora de la trama. Yo estoy de este último lado: Apparitions tiene pequeños momentos en los que el guión flojea o un par de personajes faltos de profundidad, pero en general se trata de un producto de excelente calidad, duro, sin concesiones, complejo. Incómodo. Además, cuenta con una particularidad sorprendente: es un drama sobrenatural que entra al cuerpo a cuerpo teológico. No solo por los enfrentamientos que el atormentado padre Jacob mantiene con las diferentes encarnaciones del demonio, sino sobre todo por sus discusiones con el viscoso cardenal Bukovak o con la psiquiatra que le evalúa en los últimos episodios.

Porque, al final, Apparitions ofrece una jugosa reflexión en torno a la aparente dicotomía Fe-Razón. El cierre de la serie -con un capítulo verdaderamente espectacular, rodado en Roma- las conjuga para acabar ofreciendo un alegato contra los escépticos. Y eso es lo más inesperado: un país como Gran Bretaña, donde el Catolicismo es minoritario, se embarca a producir la ficción más religiosa que uno recuerda. Como si todo lo mostrado fuera una bofetada a esos nuevos ateos (Dennett, Harris o ese guiño malévolo hacia Dawkins en el piloto) que proclaman el fraude de Dios. ¿Que no? Recuerden aquí, por favor, el último y demoledor diálogo del padre Jacob y la doctora Errison. Fe y Razón.

Quien no quiera llegar tan lejos y solo aspire a un divertimento de género, no se arrepentirá con Apparitions. Porque la serie no ofrece doctrina, sino aventura.

jueves 28 de enero de 2010

Perdidos por un final

Lost no es solo una serie. Es también un fenómeno sociológico que ha revolucionado la televisión. Tras cinco temporadas en la ABC estadounidense (en España la emiten Fox y Cuatro), el termómetro que mejor marca su éxito proviene de alternativas al visionado tradicional: masivas descargas en la red, venta de DVDs, agitación fan en la blogosfera…



¿De dónde proviene tanto éxito? La premisa narrativa es suculenta, sin duda: el vuelo 815 de Oceanic Airlines sufre un accidente y sus protagonistas tienen que organizar la supervivencia en una extraña isla que esconde un misterio tras cada palmera. Pero lo radicalmente nuevo de Perdidos es su forma de contar: una estructura coral donde los saltos en el tiempo conforman un apasionante puzzle que el espectador debe reordenar. Una historia troceada que enreda con la focalización y la temporalidad. Este relato infernal, tramposo, paradójico incluso, se asienta sobre una mezcla de géneros –thriller, cine de catástrofes, drama, ciencia ficción– que configura un espacio mítico que basa parte de su éxito en lo ecléctico de la propuesta: simbologías éticas básicas como la lucha del blanco y el negro, alusiones literarias (Defoe, Twain), deidades egipcias, figuras bíblicas… Los creadores manejan las citas con soltura posmoderna y, como resultado, la serie ofrece una amalgama de referencias que la gente está dispuesta a exprimir en busca de sentido.


Esto hace del visionado de Lost una experiencia social: el espectador necesita compartir dudas, ampliar detalles o discutir giros argumentales. Porque los guionistas son unos tahúres que siempre guardan un as en la manga, para ofrecer sorpresas al final de cada capítulo que dejen con la boca abierta y ganas de saber más. Sin embargo, esta narrativa tiene un efecto perverso: ante la ingente cantidad de enigmas abiertos durante las cinco temporadas, ¿serán sus creadores capaces de resolverlos en la última temporada que ahora comienza?



(Artículo publicado en la revista Nuestro Tiempo, nº 660, p. 102).


Otras entradas sobre Perdidos, para reflexionar antes de que empiece la traca final, el próximo martes:


-"Cuando el viaje es el destino"


-"Bendita tomadura de pelo"


-"¿Me estaré perdiendo algo?"


-"Perdidos por Lost"

martes 26 de enero de 2010

La cuesta de enero

Es imposible llegar a tanto. En la televisión anglosajona, enero es un nuevo septiembre: estrenos, vueltas y anuncios de novedades sin parar. Y no, no hay tiempo para ver todo...

-Caprica. El spin-off precuela de Battlestar Galactica ofreció un piloto estilizado, limpito, más dedicado al consumidor fan que a un público generalista (lógico: es un producto de la cadena Sy-Fy). Me gustó narrativa y visualmente, pero ahonda demasiado en la parte que más pereza me producía de BSG: la reflexión metafísica. En esta crítica del New York Times, además, también acusan al show de moralista...

-Life Unexpected. Más allá de cómo vendan esta nueva serie de la CW, el primer capítulo sienta bien las bases del asunto: una niña huérfana que tiene que buscar (y, de hecho, encuentra) a sus padres biológicos. Historia simpática, con sus toques dramáticos, su cuota de tópicos (esos solteros Peter Pan, esa noche loca) y una banda sonora muy de "comedia romántica Sundance" (tipo Algo en común, Elizabethown, etc.). Interesante.

-Archer. El estreno que más esperaba es el que más me ha defraudado. Tan aburrida. Por un humor que, buscando ser diferente, acaba resultando previsible. No soy hombre de pilotos, así que seguiré con ella. Pero, de momento, no me entran ganas de atacar el segundo...

-House. Escritura divertida y muy inteligente. Me alegro mucho de haberme reenganchado al doctor más borde de la tele. Bah, en el fondo no es más que un cordero con piel de lobo, como certifica el rollo que se lleva con Wilson. Además de una divertida subtrama "gay", el último capítulo (6.10.) demuestra que la presencia de la muerte aún sigue emocionando.

-Modern Family. La comedia más en forma de la actualidad sigue regalando muchas risas (tanto amables como llenas de hiel) y varios cameos. Si ya tuvimos a un guitarrista rock con forma de Edward Norton, un latino de manual con cuerpo de Benjamin Bratt, ahora tenemos un equívoco gay en torno a Chazz Palmintieri. ¡Que los duros también lloran, saben de peinados y escriben poesía, leñe! Ah, la pesadísima y gritona parodia de latina explosiva que hace Sofía Vergara me sigue pareciendo la única gran pega de Modern Family.

-Cómo conocí a vuestra madre. Por supuesto que el cacareado episodio musical fue un pufo, pero no creo que la temporada esté siendo tan floja. Llamadme romántico. No tiene el lustre de las dos primeras temporadas, pero sí hay destellos como aquel Lorenzo Von Matterhorn o momentos del último Jenkins, por ejemplo. Precisamente, creo que el problema de la serie ha sido abusar de Barney; han desequilibrado al resto de personajes.

-Supernatural. La vuelta de mis héroes favoritos mantiene el listón, con este Dean emulando a Hannibal Lecter o su momento pudding. Pero algo me apena, por miedo a que la solidez narrativa se convierta en chicle: la cercanía del Apocalipsis no se puede prolongar mucho más. ¿Una sexta temporada? Con lo difícil que es terminar bien una serie...

-Damages. La primera temporada me dejó boquiabierto. Por su inteligencia, sus engaños y el sí-pero-no constante de la oscura Patty Hewes. La segunda, sin embargo, me decepcionó. Es lo que tiene abusar de los juegos de manos: uno necesita extra de sorpresas para entrar en la partida. Ojalá la tercera que comenzó ayer sea la última. Es la única forma de recuperar la brillantez, ese fulgor cegador de la trampa.

-Y me empiezo a reír con Community, no termino de pillarle el punto a Glee, remonto con The Good Wife y, en breve, aterriza Lost. Por si tuviéramos poca tarea por delante... Cada vez entiendo mejor eso de la cuesta de enero.